Bitácora

“Escriba joven sin miedo, que en Chile nadie lee” Andrés Bello a Diego Barros Arana

  Si es que existe algún concepto que pudiera reflejar mínimamente al continente Latinoamericano, es sin duda la palabra diversidad. Es esta multiplicidad de realidades las que juegan en el complejo andamiaje que constituye la historia del continente, lo cual puede leerse entre las particularidades de cada zona geográfica y sus habitantes, como en la conexión entre todas ellas y las externalidades continentales.
  El uso de la agricultura en el continente data desde el año 5.000 a.c., lo cual permitió el abastecimiento de bastos grupos humanos, aumentando con esto la densidad poblacional y su complejidad social. Las plantaciones eran variadas, lo que estaba condicionado por las características geográficas de cada zona del continente. La diversidad geográfica derivó en una variedad de alimentos, entre los cuales encontramos el maíz, los frijoles, algodón, cacao y frutales, siendo las técnicas de cultivo también variadas, ya que buscaban adaptarse a las condicionantes del medio, es así como las terrazas en las alturas de los Andes, o la agricultura acondicionada a las lluviosas zonas del Amazonas, mostraron una diversidad de maneras de explotar intensivamente la tierra. Sin embargo, a pesar de lo anterior, se registraron igualmente períodos de hambrunas, como por ejemplo entre los aztecas, producto de elementos naturales como las heladas o las sequías, así como a factores tecnológicos, como la precariedad del transporte que impedía el provisionamiento a largas distancias, el desconocimiento casi generalizado de la rueda o de los animales con fines de acarreo. La producción agrícola estaba también asociada al pago de tributos, como en el caso azteca, lo cual también mostraba una forma de institucionalidad que condicionaba la producción al abastecimiento de los centros de poder, y que representaba la estratificación social de la población y el dominio de la tierra.
  En la zona andina, algunos postulados señalan la ausencia de mercado, esto principalmente en la zona incaica. Dicha ausencia se debería a la cercanía de las zonas ecológicas en donde se producían los productos, paralelamente, en caso de que las distancias fueran mayores, se establecían colonias que se asentaban en las zonas requeridas, pudiendo también estas ser multiétnicas. Dicha población dada su lejanía de los centros tendió a la especialización de su producción, ya sea la pesca, minería, manufactura en metal y cerámica. Dado esto es que el intercambio mercantil inter e intra comunidades habría sido reemplazado por un acceso comunal de los recursos.
  La conformación y expansión de los imperios incas y aztecas se produjo un siglo antes de la invasión europea. Siendo los incas mucho más avanzados en cuanto a su institucionalidad, por lo que se afecto más profundamente a las comunidades involucradas, siendo continuo su esfuerzo por generar la reciprocidad y redistribución en todas sus relaciones sociales.
  Dados los contextos señalados previamente a la invasión y conquista del continente americano, es posible apreciar posteriormente una diversidad de formas en que la globalización se manifestó. No es para nada un fenómeno nuevo, las diferencias tecnológicas con la actualidad son evidentes, pero dentro de cada contexto mundial y tecnológico, las medidas de correlación e intercambio de información y decisiones interoceánicas fueron la tónica desde finales del siglo XV, pero principalmente con la incorporación económica de América a comienzos del siglo XVI.
  El mercantilismo aplicado durante la época colonial por parte de los imperios en Latinoamérica hasta la consolidación de la Independencia, condicionó la forma en que el continente se incorporó a la economía mundial. Una vez lograda la independencia de las coronas europeas, se comenzó una nueva etapa en la formulación de las ideas económicas, siendo Adam Smith, David Ricardo y Jean Baptiste Say los representantes de este paradigma.
  La apertura comercial internacional registrada durante el siglo XIX con Europa y Estados Unidos, provocó una especialización de las producciones latinoamericanas. En el caso de Chile este se centró en el cobre, al igual que Perú en el guano, Brasil con el café, la plata de México, y la lana Argentina. Esto mostró de manera evidente la especialización en materias primas y minerales. Después de 1880 se registró un nuevo auge de exportaciones, al cual se agregaron los nitratos chilenos, el caucho brasileño, la carne y el trigo argentinos, los plátanos centroamericanos y el cobre mexicano. Con esto se expandió el ingreso al comercio mundial del continente, que aunque a pesar de seguir con aranceles relativamente altos, se propugnó el intercambio comercial y la inversión extranjera en los países del continente, a esto se agregaron una serie de cambios institucionales que permitieron la adaptación de estos a las reglas internacionales, como fue la adopción del patrón oro, el reconocimiento de los contratos internacionales, así como la protección de la propiedad privada y la reducción de los costos de transporte. Lo cual fue en directo beneficio del flujo de mercancías desde el continente a los mercados mundiales. Cabe destacar la introducción de especies exóticas como el café proveniente de África, el azúcar y el plátano de Asia Meridional, con esto se configura una necesaria modificación interna de la población para generar las condiciones de explotación de estos recursos a nivel interno. A lo anterior se agregan productos autóctonos del continente, como el caucho y el cacao brasileño o el guano y los nitratos que actuaban como fertilizantes de Chile y Perú, siendo de este último también el origen de la coca. Estas exportaciones y, en definitiva, el éxito y/o el fracaso de cada uno de estos productos, llevó a que se alentara o desalentara la producción nacional de dichos recursos por parte de la competencia a nivel continental.
  Por lo expuesto anteriormente, vemos una condicionante desde el siglo XVI en cuanto a la dependencia de Europa y posteriormente Estados Unidos, esto se debió a la especialización del continente en cuanto a la producción casi exclusiva de materias primas, por lo que la integración internacional se dio marcadamente en este nivel de desarrollo económico. Lo anterior, pasó a ser una constante que se arrastró en los siglos posteriores, lo cual trajo consigo la adecuación social interna en cada país, primero como colonia y posteriormente como Estado Nación. La estructura social interna de los países fue adaptada y/o modificada, para cumplir con tales fines, esto también trae aparejada la posibilidad de anulación de todo lo que interfiera con tales propósitos. A partir de este criterio, es que Latinoamérica no pudo desprenderse de su rol asignado en el contexto internacional. Así como también, conllevó la subordinación factual de los grupos disidentes de dicho rol, en particular de los pueblos originarios. De ahí que coincidentemente con el nuevo impulso en las exportaciones registrado en las dos últimas décadas del siglo XIX, el exterminio de pueblos originarios se hizo la tónica.
  Sin embargo, con la llegada del siglo XX la demanda fue afectada por las grandes producciones asiáticas, las cuales mermaron la capacidad oferente del continente latinoamericano, tal como ocurrió con el caucho, a eso se agregaron los avances tecnológicos que permitieron el reemplazo de productos por materiales sintéticos, como fue en el caso del salitre. Esto significó el descalabro económico de Chile por ejemplo, aunque paralelamente otros mantuvieron su productividad, en el caso de Perú y México con la plata, Argentina con el agro, Brasil con el café o Bolivia con la coca.
  La variación de como se van generando los lazos comerciales entre los mercados internos, intercontinentales y extracontinentales, estarán condicionados por la situación internacional del momento, así como en la variedad de situaciones que modificarán la forma en que se encara dicha relación comercial. Lo anterior puede generar un cambio en la correlación de fuerzas dentro del mercado, alejando la idea del centro y periferia, lo cual se relaciona con una visión de un enfoque global de la cadena de mercancías. Sin embargo, cabe constatar el reparo que se le puede dar a esta postura, la cual se centra en la fuerza que tiene cada actor dentro del mercado para imponer su posición, es decir, si bien dadas ciertas coyunturas los actores pueden variar su fuerza dentro del mercado, la posibilidad de que esto se mantenga en beneficio propio variará de acuerdo a la posición y fuerza que ocupa ese actor previamente dentro del mercado internacional. Un actor en Latinoamérica puede quedar en una posición de ventaja frente a una coyuntura internacional, como una guerra por ejemplo, sin embargo, la posibilidad de aprovechar dicha posición estará condicionada por la capacidad de otros actores de generar una presión que modifique dicha posición transitoria. Los mecanismos de presión pueden ir desde el acceso a la tecnología para la explotación de dichos recursos o el bloqueo de los mercados internos o externos de otros productos negociados paralelos al principal, en este caso, precisamente de los elementos que en general Latinoamérica carecía.
La poca promocionada visita de la General Laura Richardson, Comandante del SOUTHCOM de EE.UU a Chile en abril de este año, es sin duda la explicitación de la renovada política estadounidense sobre Latinoamérica. Previamente una serie de recíprocas visitas de personeros del Gobierno chileno y de Estados Unidos, prepararon una gira que pone en el tapete el rol de nuestro país, tanto frente a la potencia del norte, como para con nuestros vecinos fronterizos.


La antesala a la visita de Richardson.

Contextualizando la situación actual de América Latina frente a China, cabe mencionar que, según datos del Foro Económico Mundial, consignados en la Fundación Sol, entre el año 2000 y 2020, el intercambio comercial entre Latinoamérica y China se multiplicó por 26, esperándose que esta cifra se duplique en la siguiente década. Esto se refleja en que para el año 2000, China participaba de menos de 2% del comercio de América Latina. Sin embargo, para el 2035 es posible que el intercambio comercial pueda llegar a un porcentaje no menor de un 25%.
Es bajo esta cúpula china que en febrero de 2022 un medio de prensa chileno, Radio Bío Bío, señalaba que el futuro gobierno de Gabriel Boric habría hecho explícito al Gobierno de Estados Unidos su deseo de alinearse con Washington, esto por sobre los intentos de China y Rusia de cooptar a países transcendentales para sus intereses en Latinoamérica. Esto ya sería complejo tomando en consideración el control estratégico que tienen empresas chinas en nuestro país en áreas como la construcción, electricidad, transporte y minería, siendo este último, el tema más sensible para Estados Unidos, la explotación de las reservas nacionales de litio.
El aumento de la influencia China en el continente no es nuevo, y en parte se debió a los espacios dados por Estados Unidos en Latinoamérica desde comienzos del siglo XXI, fruto de los atentados a las Torres Gemelas y su priorización de la guerra mundial contra el terrorismo. La pérdida de hegemonía de Washington generada a lo largo de décadas fue la que impulsó la arremetida china y rusa en nuestro continente. El tema es extenso y abarca varias décadas, sin embargo, en lo referido a nuestro país lo podemos ver en dos áreas, la económica en la cual China ha generado una arremetida controlando sectores estratégicos, y por otra, la pasividad de Estados Unidos que se ve expresado, no solamente en su rol indiferente para que lo anterior ocurriera, sino también en lo débil de su diplomacia. Esto último quedó graficado en la representación diplomática de Washington en Chile, después de más de tres años sin embajador, ya que desde 2019 hasta 2023 únicamente se contó con Encargados de Negocios, siendo Baxter Hunt y Richard Glenn sus representantes. Recién en Julio de 2022 se nombró a una nueva embajadora con un perfil muy particular, Bernardette Meehan. La diplomática fue Consejera de Seguridad Nacional para la Casa Blanca, y entre sus destinaciones se encuentran Dubai, Emiratos Árabes Unidos, Irak y Colombia, países que representan intereses valiosos y complejos para Estados Unidos.
Siguiendo la cronología de cambios en el comportamiento de la política exterior estadounidense para América Latina bajo Biden, o mejor dicho la de repensar dichas relaciones, es necesario tocar la que posteriormente sería la antesala a la visita de la general Richardson. En octubre de 2022, el Secretario de Estado Antony Blinken realizó una vista a tres países de la región, Colombia, Perú y Chile, precisamente donde posturas de izquierda gobiernan, Gustavo Petro, Pedro Castillo (que dos meses después sería depuesto), y Gabriel Boric. Los temas abordados de acuerdo a lo agendado en dichos encuentros por Washington, fueron la inmigración, las drogas ilegales y el comercio. Pero sin duda lo que movió la visita del Secretario de Estado, es la fuerte influencia de China y Rusia en la política interna del continente.


Un nuevo mando para el Comando Sur (SOUTHCOM).

Washington contempla para el resguardo de sus intereses, la división del mundo en zonas militares, en la cual el SOUTHCOM, es el Comando encargado de garantizar la Seguridad Nacional de EE.UU. en el frente sur, es decir, en lo que refiere a todos los países latinoamericanos con excepción de México, que cae en la jurisdicción del Comando Norte. El Comando Sur tiene injerencia desde materias militares, narcotráfico hasta desastres naturales. Esto se expresa en acciones humanitarias, ejercicios militares multinacionales, cooperación directa con ramas de las FFAA latinoamericanas, ciberseguridad, tecnología, etc. A las órdenes de este Comando se encuentra la Cuarta Flota Naval de EE.UU, así como sus bases de operaciones en Cuba y Honduras, y sus bases menores en Chile, Colombia, Costa Rica, El Salvador, Perú, y otras que están bajo otras denominaciones.
La General del Ejército de los EE. UU. Laura J. Richardson asumió el 29 de octubre de 2021 la Comandancia del Comando Sur, siendo nominada por el actual Presidente Joe Biden para ocupar dicho puesto. Paralelamente, se debe señalar que el esposo de la General, es el retirado Teniente General de Ejército James M. Richardson. Dato no menor si consideramos las redes que dentro del Ejército de EE.UU maneja la actual Comandante del SOUTHCOM.
Es así que entre el 25 y el 29 de abril de 2022, Richardson visitó por primera vez a la Argentina, en donde pudo tratar temas de intercambio de información, preparación y equipamiento militar de las Fuerzas Armadas. Señalando, esta vez en tierras trasandinas, su preocupación por la base espacial china emplazada en la provincia de Neuquén, la cual sólo sería la fachada de una base militar de Beijing.
Posteriormente, su llegada a Chile se registró el 28 de abril, compartiendo reuniones con los altos mandos de las Fuerzas Armadas chilenas. Es en esta serie de visitas que señaló con respecto a China que, “el riesgo que veo es que muchas de las empresas chinas son empresas estatales, lo que significa que el gobierno las controla. Así que, para mí, es que ganan un punto de apoyo a través de la apariencia de ser una empresa civil o de realizar una operación que puede ser fácilmente una instalación de doble uso, donde el Ejército de Liberación Popular o los militares de China puede venir y fácilmente utilizar esa instalación para sus propias necesidades”.
Meses después de su visita al Cono Sur, más precisamente en enero de 2023, Richardson cobró notoriedad por una entrevista al Atlantic Council, un think tank con lazos principalmente en Estados Unidos y OTAN. En dicha entrevista, la General señala explícitamente el renovado interés por Latinoamérica, o lo que ella denomina la Zona Roja, en donde el Comando ejerce funciones disuasivas. Principalmente en lo que concierne al denominado Triángulo del Litio, en el cual se encuentran Argentina, Bolivia y Chile. Paralelamente, reafirmó la influencia y ayuda directa que ejercen sobre las Fuerzas Armadas y policiales latinoamericanas para desarrollar sus actividades acordes a sus intereses comunes y, principalmente, en todo lo que pueda considerarse una amenaza a la Seguridad Nacional de Estados Unidos. En este nuevo “Eje del Mal”, Richardson considera el peligro estratégico que representan en la región China, Rusia y las organizaciones transnacionales de crimen organizado. Quedando dicho triunvirato geográficamente demasiado cercano a las fronteras estadounidenses. Por otro lado, son las dos primeras potencias las que manejan o tienen directa, o indirectamente, control sobre la infraestructura crítica en países de Latinoamérica.
En abril de 2023 comenzó la segunda visita de Richardson a Chile, de la cual se pueden proyectar ciertas líneas después de su recorrido por nuestro país. En un primer lugar, se observa la utilización de nuestro país como una barrera político militar a la influencia de China en el Triángulo del Litio. Ante la fuerte y continua inversión en materia de extracción del mineral en Argentina y Bolivia, Chile se opondría minimizando las inversiones de Beijing, y dilatando su política sobre el litio hasta encontrar oferentes de preferencia pro estadounidenses.
En el plano militar, el grueso del poder de Chile se encuentra en la zona norte del país, reforzado bajo las nuevas políticas para evitar el ingreso de inmigración por pasos no habilitados. La Fuerza Aérea de Chile posee una total dependencia de la tecnología de Estados Unidos debido a su elección del F-16 como avión principal de combate, a ello se agrega la posible actualización de los F-5 a un nuevo estándar tecnológico, lo que dejaría a nuestro país como la fuerza militar aérea más poderosa de la zona, y de las dos primeras junto a Brasil a nivel latinoamericano. Lo mismo ocurre con las otras dos ramas, las cuales tienen una dependencia doctrinaria, tecnológica y operativa tanto de Washington como de OTAN. Es necesario estar atentos a la posible compra de aviones de combate y vehículos militares chinos por parte de Argentina, esto producto del bloqueo de Londres a toda posible compra militar trasandina luego de la guerra de Malvinas. La posibilidad de vivir una nueva Guerra Fría en el Triángulo del Litio está a la orden del día, y la posibilidad de transformarnos nuevamente en peones activos de dos de las superpotencias actuales una realidad latente.

https://cuadernosdeeducacion.wordpress.com/2023/08/03/el-largo-brazo-del-comando-sur-de-estados-unidos-en-america-latina-richardson-china-y-el-litio-ruben-valencia/ 
  El hablar de guerra en el común de la gente, hace sinónimo de un ejercicio de una violencia sin lógica, o de una manifestación de caos sin mayores reglas. Sin embargo, al igual que la convivencia pacífica de la población y de los Estados, la guerra posee normativas que aun dentro de su esperada excepcionalidad, deben ser aplicadas y respetadas. De ahí a los llamados a la protección de los civiles, por ejemplo, en el actual conflicto entre Rusia y Ucrania.
  Por lo anterior es que ya es posible señalar la existencia de un estado de paz y un estado de guerra, de ahí podemos derivar una variada gama de reglas, es decir, de las formalidades para la ejecución del conflicto. Dicho conflicto, está asociado necesariamente en su entendimiento actual al Estado Moderno, es decir, a la violencia ejercida a través de las Fuerzas Armadas como brazo armado de Estado. Sin embargo, lo restringido de este intento de delimitación, deja fuera a otros tipos de guerras como las denominadas irregulares, asimétricas o de cuarta generación, con las consecuentes particularidades de cada una de ellas, de ahí que hablemos en plural, y el que necesariamente deba considerarse otros elementos más allá de sus características externas. Lo anterior lo apreciamos en el caso de Carl Von Clausewitz, y su máxima de que la guerra es la continuación de la política con o por otros medios, hiciera referencia exclusivamente a las formas externas de las relaciones internacionales.
  Junto a lo anterior, más allá de los elementos externos antes señalados, otros han puesto el énfasis en la esencia de la guerra, o en el grado de hostilidad psicológica que puede darse entre los Estados, reiterando lo restringido hoy en día de esa mirada, debido a que no considera a otros beligerantes que le han quitado el monopolio de la guerra a los Estados.
  En definitiva, y como forma de aproximación, nos encontramos con un concepto de una amplitud que manifiesta características tanto objetivas como subjetivas, de ahí la dificultad de conceptualizar de manera acotada la idea que se tiene sobre la(s) guerra(s). Pero más allá de las dificultades, podríamos intentar señalar que, por lo que nos menciona Norberto Bobbio, que la guerra tiene como base algunos elementos como:

a) una actividad militar.
b) un elevado grado de tensión en la opinión pública.
c) la entrada en vigor de normas jurídicas atípicas respecto de las que rigen en el período de paz.
d) una progresiva integración dentro de las estructuras estatales beligerantes.

  Con todos estos elementos es que la guerra de acuerdo a Bobbio, adopta al mismo tiempo la forma de una especie de violencia, de un fenómeno psicológico-social, de una situación jurídica excepcional y de un proceso de cohesión interna.
  Existen, obviamente, desde la ciencia que la estudie, una multiplicidad de concepciones, definiciones y elementos atribuidos al concepto de la guerra. Pero para fines académicos, ya podemos comenzar a dar luces de la discusión que gira en torno a este concepto.
  Con la salida del General Augusto Pinochet del poder, la administración de Patricio Aylwin se dedicó a reinsertar nuevamente la diplomacia chilena en el plano internacional. Esto significó también que era necesario dar un sustento externo al nuevo gobierno, sobre la base de un opuesto al dejado atrás. Paralelamente, sin olvidar un factor importante, que la transición chilena fue ideada y dirigida desde Estados Unidos, por lo que el modelo transicional de Chile fue profusamente publicitado por la nación del norte como un ejemplo regional y mundial. De ahí la nueva dinámica del gobierno en diversas instancias internacionales como el Grupo de Rio o la Organización de Estados Americanos. Sin embargo, cabe destacar desde esta administración el inicio de los tratados de índole económicos que terminarían por profundizar el modelo neoliberal impuesto por la dictadura. Países como México, Colombia o Argentina, serían los primeros en firmar acuerdos de libre comercio con Chile. En el mismo espacio regional, es que temas como la aplicación de las cláusulas del Tratado de 1929 con Bolivia o la disputa de Laguna del Desierto o Campos de Hielo con Argentina, serían materia de este nuevo gobierno. Con Europa el camino no sería diferente, esto a través de un acuerdo marco de cooperación con la Comunidad Económica Europea.
  Paralelamente, con Estados Unidos se abren una serie de acuerdos militares, los cuales quedarán materializados en la compra de material de guerra y adiestramiento, particularmente la FACH, que instaló gracias a la autorización civil, una dependencia tecnológica total del país del norte, producto de la compra de las flotas de aviones F-16 nuevos y usados. Lo mismo es posible de ver en el caso de la Armada y el Ejército, que constantemente están en procesos de adiestramiento con las fuerzas armadas estadounidenses. Este acercamiento también debe entenderse con el término de la Guerra Fría, y por tanto, en la necesidad del complejo militar industrial del país del norte de proveerse de nuevos contratos, situación que es posible de verificar en el resto del continente con la serie de acuerdos militares, el caso argentino es el más claro como aliado extra OTAN de Estados Unidos. Si bien en su momento se levantaron voces en contra de los acuerdos militares con Washington, suscitados principalmente por el bloqueo que el país del norte aplicó a Chile en la década de los 70, así como su rechazo al régimen de Pinochet que llegó a su clímax con el caso de las uvas envenenadas, la postura pro Estados Unidos terminó imponiéndose, y con esto, de alguna u otra forma, a su injerencia en materia de Defensa.
  Continuando en el plano comercial, y como consecuencia de la idea de mantener el modelo de desarrollo impuesto en dictadura, se fue produciendo una profundización en las lógicas del libre mercado. Lo cual tuvo su manifestación en dos áreas fundamentales, por una parte, la imagen país (abordado en otro post), y por otra, la mantención del modelo económico dictatorial, este último expuesto como ejemplo para el resto del continente. Es así como luego de fracasado el intento de Chile por ingresar al NAFTA, se logró una serie de TLC independientes con sus países miembros, primero con México en 1992 y luego con Canadá en 1995. Pero sin duda la pretensión de Chile de entrar a los mercados de Asia Pacífico es la que traerá las mayores repercusiones en los años posteriores.
  Los intentos de nuestro país de entrar al Foro de Cooperación Económica de Asia Pacífico, APEC, con el propósito de abrir mercados y diversificar las áreas del globo en los cuales exportar las materias primas nacionales, se lograría en plenitud el año 1994, tras la asunción de Eduardo Frei Ruiz Tagle como Presidente de la República.
  Bajo el gobierno Frei Ruiz Tagle, fue posible apreciar una apertura total al comercio asiático, sin embargo posteriormente, la Crisis Asiática golpeó con enorme fuerza la economía nacional, esto por la alta exposición de nuestro país al mercado asiático. Las consecuencias en el plano interno no tardaron en sentirse, generando fuertes movilizaciones sociales durante los años restantes para el término del siglo.
  Sin duda los últimos años del siglo XX en nuestro país, fueron marcados por la detención del ex dictador Augusto Pinochet. El cual en el año 1998 fue detenido en Londres por requerimientos de la justicia española, producto de los crímenes contra los Derechos Humanos llevados a cabo durante su régimen. Con la defensa institucional del gobierno chileno hacia el dictador, se pudo mostrar internacionalmente el flanco más doloroso de nuestra historia reciente, la falta de justicia frente a los crímenes cometidos durante la dictadura militar. El modelo económico exitoso que se quiso mostrar a nivel internacional, no pudo ocultar que su origen fue dado por los crímenes de sus implantadores. La política internacional de Chile como reflejo de una democracia exitosa y ejemplar, chocó de golpe con las infructuosas defensas para que Pinochet volviera a Chile. Si bien esto se logró por la decisión de Londres, los criterios internacionales sobre estas materias quedaron claras, no se aceptarían otros Pinochet, por muy pretendidamente exitosas que aparezcan sus políticas dictatoriales, por lo menos en nuestro continente.

26 de diciembre de 2021
  Si existe algo que determinó absolutamente la mitad del siglo XX en nuestro continente, fue sin duda la Guerra Fría, en la cual la política internacional de Estados Unidos no fue más que la demostración de poder frente a las naciones dentro de su esfera de influencia, esto con el propósito de mantener y profundizar su hegemonía económica, política, social y cultural.
  Producto de este contexto, nuestra política exterior fue condicionada directamente ya por la Doctrina Truman de 1947, que entre otras cosas nos llevó en política interna a la proscripción del Partido Comunista, gracias a la Ley de Defensa Permanente de la Democracia de 1948. A lo anterior se agrega la suscripción de una serie de acuerdos en el plano militar, que terminaron por entregar la política y obligación de la Defensa nacional a Estados Unidos, el cual dominaba sin duda el escenario diplomático internacional de este lado del mundo. El PAM o Pacto de Ayuda Militar o el TIAR Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca, llevaron a que la política exterior de Chile cediera también parte de nuestra política interna, con repercusiones directas en el acontecer político nacional en las posteriores décadas. El adoctrinamiento de las Fuerzas Armadas chilenas, mediante los criterios estadounidenses de la Guerra Fría, o la intervención directa en política interna de la CIA, es muestra que de cierta manera la línea entre la política exterior e interior se hizo invisible. Lo anterior debido a que la política exterior de Chile no fue en ningún caso para garantizar nuestra autonomía o participación en igualdad de condiciones frente a los sucesos internacionales, al contrario, favoreció a una dependencia de Estados Unidos, y a la transformación real de nuestro país de un peón más en el tablero de la Guerra Fría, lo cual no quita ninguna responsabilidad a los actores internos de los acontecimientos de la segunda mitad del siglo XX.
  Los propósitos de Salvador Allende de marcar la diferencia y romper con esta dinámica de los años cincuenta en adelante, manifestada públicamente en su discurso en las Naciones Unidas en 1972, es sin duda el intento más claro por romper la lógica del peón, pero que resultó infructuoso en la medida de que actores políticos, sociales, militares y empresariales internos abrieron sin problemas los espacios para la injerencia estadounidense.
  El aislamiento internacional de Chile producto del Golpe de Estado de septiembre de 1973, generó un reemplazo en los criterios utilizados para llevar la conducción internacional del país, el multilateralismo dio paso a un bilateralismo, pero ahora centrado en un anticomunismo a ultranza, y contra la Unión Soviética y sus aliados salvo, paradojalmente, China. Agregando al difícil panorama para la dictadura, la convivencia con los países limítrofes, lo cual se acrecentó por la propia realidad política interna de estos, así como a los elementos históricos presentes y condicionantes entre todos ellos.
  En tal dirección, la política internacional del país, que ahora estaba dirigida militarmente, no hizo más que profundizar las diferencias y reducir los márgenes de acción. Con esto, el desempeño tradicional de la Cancillería dio paso a una extensión de la lógica militar, desestimando a los profesionales de carrera y reemplazándolos por militares que poco y nada manejaban los temas en cuestión, como fue el caso de los Vicealmirantes Ismael Huerta y Patricio Carvajal. La visión militar de las relaciones internacionales, no hizo más que acentuar el aislamiento vecinal y extracontinental dejando al régimen en una posición extremadamente desfavorable. No olvidemos que el cambio de paradigma económico llevó a la salida de Chile del Pacto Andino en 1976, a la par del atentado en Washington contra el ex Canciller Orlando Letelier y Ronni Moffit, planificado y ejecutado en Estados Unidos por agentes de la DINA. Paralelamente, la idea de que se corría un riesgo permanente tanto interna como externamente, generó la lógica de un ataque continuo en todos los frentes, produciendo la idea de que el riesgo de conflicto militar externo se hacía coherente con el frente interno. Para la dictadura las sanciones y denuncias internacionales producto de las sistemáticas violaciones a los Derechos Humanos, no hicieron más que darle una justificación del supuesto complot del marxismo internacional que se hacía sentir en nuestro país. La cercanía de los cien años de la Guerra del Pacífico junto con las conversaciones con Bolivia para una posible salida al mar, nos dejó con Perú en una situación particularmente tensa, sobre todo en un momento en que su rearme de manos de la Unión Soviética lo hacía objetivamente superior en el plano militar. A lo que agregado a los problemas limítrofes con Argentina en la zona sur del país entre 1977 y 1978, que era dirigido por otra dictadura antimarxista, generó un escenario real de guerra que estuvo a punto de marcar el final de la década de los setenta.
  Luego de la luna de miel con Bolivia y el posterior congelamiento de nuestras relaciones en 1978, este consiguió posicionar el tema de su acceso al mar en todos los foros internacionales, logrando una visibilidad que le permitió generar adeptos a su causa, y que sólo se vería resuelta décadas más tarde por el Tribunal Internacional de La Haya. A esta suma de desaciertos se agregó el bochorno internacional que significó la visita frustrada del dictador Augusto Pinochet a Filipinas en 1980, en donde su contraparte Ferdinand Marcos suspendió el recibimiento del general chileno en pleno viaje. Confirmando este hecho lo precario de la posición internacional del régimen militar chileno.
  La década de los ochenta no hizo más que mostrar nuevamente la cara represiva de la dictadura, tras el colapso económico de comienzos de la década, las protestas nacionales y la represión generaron con más fuerza la denuncia internacional, y por esto, ahondando la ya destruida imagen internacional de la dictadura. La expresión pública de esto, se manifestó en el congelamiento de las relaciones bilaterales por parte de Estados Unidos en 1985, bajo el segundo mandato de Ronald Reagan, pasando ahora a una crítica abierta al régimen de Pinochet, a lo cual se unieron también los gobiernos europeos. Sin olvidar que Brasil, Argentina y Perú dejaban atrás sus respectivas dictaduras, dejando la situación de Chile como contraproducente e insostenible en el tiempo, el caso de las uvas envenenadas así lo demostraría. Ya a partir de 1990 la reinserción internacional y el multilateralismo marcaron el inicio de los gobiernos civiles.
 En retrospectiva, una de las consecuencias de largo plazo que dejó la política internacional de la dictadura, y que fue directamente consecuencia de su actuar interno, es sin duda la persecución internacional a los violadores de los Derechos Humanos y altos personeros del régimen. Con esto queda meridianamente claro, que la posibilidad de una dictadura militar en Latinoamérica, lleva consigo el riesgo, para quienes participen, de que la justicia internacional cumpla el rol que los tribunales nacionales no han podido, o querido, desempeñar. A lo anterior, es necesario agregar que el jugar a un aislacionismo internacional bajo cualquier costo, es simplemente insostenible bajo el actual contexto mundial, sobre todo con lo expuesta de nuestra sociedad a los mercados internacionales.

23 de diciembre de 2021
  Tras la abrumadora derrota de la opción Rechazo en el plebiscito que determinó la posibilidad de una nueva Constitución Política, fue posible apreciar el surgimiento de opciones, que si bien aparecen como novedosas, no son más que la nueva expresión del gatopardismo político que nos invadió, sobre todo desde la década de los noventa, y que resurge por el terror en ciertos sectores minoritarios de ver sustituido su sistema económico, político y social.
  Ya algunas voces, incluido el eterno candidato Joaquín Lavín, han planteado la idea de que el modelo neoliberal, con su base de un Estado subsidiario, necesita adaptarse las nuevas condiciones sociales, políticas y económicas del país. Lo cual se realizaría a partir de la incorporación del complemento original de la subsidiariedad, esto es, de lo “solidario”. Dicha tesis, que originalmente fue postulada por Pio XI y, que de acuerdo a los hechos, no fue considerada por los economistas de Chicago al momento de su implantación por la dictadura cívico militar, considera que los problemas sociales deben ser abordados desde una perspectiva de solidaridad del Estado, paralelo a la subsidiariedad del mismo en materia económica, permitiendo el desarrollo armónico de la familia y los cuerpos intermedios. Sin embargo, la dictadura cívico-militar, implementó su modelo económico en su versión más extrema, estando carente del componente que le daría su equilibrio frente a la sociedad y, particularmente, de los más desposeídos, el rol solidario del Estado. 
  La posibilidad cierta de que el actual régimen económico sea reemplazado, ha llevado a un sector de la derecha neoliberal a abrirse a la eventualidad de reformas al sistema económico sin alterar la base de este. Sintomático por tanto la autocalificación de socialdemócrata de Joaquín Lavín, y que en recientes entrevistas señale que la falta de solidaridad es el centro de los problemas sociales que aquejan al país. Por tanto, abriéndose a la alternativa de reformar sus antiguos postulados, que como un nuevo proyecto deja la posibilidad de instaurar el grueso de las principales reivindicaciones ciudadanas de estos últimos años, ya sea educación gratuita, cobertura en salud sin importar los costos, sistema de pensiones garantizado, o la cuestionada propiedad del agua. 
  En definitiva, esta nueva fórmula dentro del actual modelo neoliberal puede llevarnos simplemente a un ajuste del mismo producto de la coyuntura político social, pero en ningún caso significa dejar atrás el modelo impuesto por medio de la dictadura de Pinochet. No es posible refundar las bases sociales del país luego de la destrucción de los sujetos populares y mesocráticos si mantenemos el rol subsidiario del Estado, y la imposibilidad de que dichos sectores sean protagonistas de las decisiones de su propio futuro. Tampoco con la mantención de los privilegios de un sector minoritario de la población, que por años se ha dedicado a profitar de la extrema pauperización del resto de los chilenos. El gatopardismo está de vuelta de forma renovada, tratando de generar las condiciones para sobrevivir y seguir manteniéndose en nuestro país.

26 de octubre de 2020
Mucho se espera del nuevo Proceso Constituyente, las expectativas son altas, y la gran mayoría de los ciudadanos esperan que de dicho resultado sea el primer paso a la paz social del país. Pero ¿qué tanto podemos esperar?, uno de tantos puntos puestos sobre la mesa es el sistema político que nos regiría, las propuestas son amplias, y más de alguien ya habrá podido escuchar y leer ideas cercanas a un sistema semipresidencial o directamente parlamentario. Estos planteamientos no son antojadizos, obedecen a la ya casi repulsión que genera las sobredimensionadas atribuciones del Poder Ejecutivo. Quizás para la gran mayoría de la población dichas atribuciones le son desconocidas, sin embargo percibe de manera simple que el Presidente cuenta con prerrogativas mayores a cualquier otro poder del Estado. Sus atribuciones colegisladoras más las que ya le son naturales, crean la percepción de un poder por sobre los poderes Judicial y Legislativo.
  Pero ¿aceptaría la ciudadanía entregarle más atribuciones a un Poder del Estado que posee los más altos niveles de rechazo del país?, es cosa de recordar que a comienzos del 2020 llegó a tener un mínimo histórico de aprobación de un 3% de acuerdo a la encuesta CEP. A quienes comparten la idea de un sistema semipresidencial o parlamentario, incluyéndome en la segunda opción, vemos esta la oportunidad de cambiar una tradición que se ha extendido por ya más de doscientos años. Sin embargo, en las tres constituciones de más larga duración no se ha contemplado en ningún momento dicha posibilidad, al contrario, han exacerbado los poderes del Presidente de la República. Únicamente la práctica política y una Guerra Civil lograron generar el Régimen Parlamentario de finales del siglo XIX y comienzos del XX, pero que terminó sus días en el más completo desprestigio, pasando a la Constitución de 1925 que “corrigió” los errores del período anterior. Para que hablar de la jaula de hierro de la Constitución de 1980, que aunque reformada, su espíritu autoritario es posible de palpar hasta el día de hoy. 
  A pesar de todo lo anterior, en nuestro país es constante la identificación de una autoridad con altas atribuciones con una especie de eficiencia de gestión. A problemas urgentes, medidas urgentes sin mediar la burocracia que generaría la discusión parlamentaria, o de los partidos que lo componen. No nos olvidemos que Ricardo Lagos abandonó su presidencia con altos niveles de aprobación. Ese estilo de autoridad es la que llama al parecer a la ciudadanía en momentos clave de la gestión política de los gobiernos de turno. Es más, cabe recordar que una de las críticas a la actual administración fue, y es, precisamente su inacción en temas sociales, destinando todas sus atribuciones y esfuerzos a materias de orden público. No nos engañemos, la dualidad gestión y líder nos acompañan desde las funciones laborales más simples hasta la función política de más alto nivel. Recién estamos decidiendo sobre la posibilidad de darnos una nueva Constitución Política, posteriormente conoceremos su contenido, pero personalmente creo que se hace difícil la posibilidad de llegar a un sistema político semipresidencial o parlamentario. Espero equivocarme, y todavía nada está escrito, veremos los acontecimientos y la forma en que los ciudadanos deciden.

22 de octubre de 2020
El racismo que aflora ya de manera más abierta en Chile, no debiera sorprendernos, es parte de una serie de concepciones discriminatorias muy enraizadas en nuestro país. En un escrito anterior en esta comunidad, hablé de la “Imagen País”, y como dicha visión empresarial de Nación ha logrado imponerse trayendo consigo la idea de superioridad de Chile por sobre el resto de los países de América Latina.
Pero ¿Cómo se expresa el racismo en Chile? ¿Cuándo deja de ser una opinión sobre el “otro” para caer lisa y llanamente en un acto de racismo?
Con la caída del racismo científico tras el holocausto Nazi, el racismo ha tomado diferentes formas. Actualmente y como ha sido señalado por académicos como Michel Wieviorka, el racismo consiste en caracterizar a un conjunto humano mediante atributos personales, asociados a su vez a características intelectuales y morales aplicables a cada individuo relacionado con este conjunto y, a partir de ahí, adoptar algunas prácticas de inferiorización y exclusión.
En Chile el caso de Joane Florvil, es sin duda uno de los más dramáticos y brutales, pero es sólo la punta del iceberg de situaciones diarias que viven miles de inmigrantes en territorio nacional. A las manifestaciones de este racismo cultural, es decir, de que dichas concepciones racistas se fundan en la “diferencia”, sea esta la religión, la lengua, sus tradiciones y costumbres, o en la burda diferenciación por el color de piel. También se debe agregar a la “diferencia” como una amenaza al grupo dominante. Dicha amenaza, explícito o no, nos sitúa en la posibilidad de la desintegración de la homogeneidad chilena. Traducido a los hechos, tendríamos que entender en contrario sensu o el “yo” en función del “otro” que el chileno es: racialmente blanco, exitoso, muy culto, educado, de ingresos altos, de familia consolidada, moralmente intachable, rectitud ante todo, y un largo etc. que nos deja, indubitablemente, más cercanos al Olimpo que al planeta Tierra.
Obviamente nada de lo anterior es real, Chile posee los mismos problemas que el resto de los países latinoamericanos, agravado por la ceguera de no reconocer que estos están presentes y sin mayor intención de solucionarlos. La corrupción empresarial privada, y de organismos e instituciones del Estado, son sólo la puerta de entrada a una “Imagen País” sin maquillaje ni adornos de marketing.
Otro factor que agrava el conflicto, es sin duda el uso de sectores políticos del tema migratorio. Es relativamente común, escuchar a quienes tienen posturas discriminatorias estar a favor de políticas restrictivas de derechos, o simplemente del uso de la fuerza para la resolución de conflictos. Esto nos muestra obviamente el fracaso de crear una educación incluyente, tolerante y democrática luego de casi 30 años de terminada la Dictadura, la cual permita hacer frente a posturas abiertamente represivas, intolerantes y de promoción encubierta al uso de la violencia.
Paralelamente, no nos olvidemos que la discriminación en Chile no es un fenómeno exclusivo de chilenos contra inmigrantes, sino que de chilenos contra chilenos, sin miramientos a su nivel ni condición social. Por lo que la discriminación no puede verse como un hecho aislado, sino como lo que es, la manifestación de una creencia profunda en el grueso de la población nacional de que la segregación y la exclusión, tendrían consecuencias positivas para el presente y futuro de Chile.
Por lo tanto no puede concebirse la discriminación y el racismo como algo que sólo afecta a ciertos sectores de inmigrantes. Sino como a una creencia cultural colectiva que crea realidad. La misma que excluye en los colegios, en los tipos de educación, en las oportunidades laborales y salariales, en los derechos y obligaciones, en la relatividad moral de los delitos, etc.
¿Qué se puede esperar en unas semanas más cuando los mismos sectores que apoyaron las banderas de la discriminación asuman el poder?. Lo más probable es que un aumento en la conflictividad social relacionado a estos temas.
Es de esperar que un futuro la modificación de la concepción empresarial de Nación en Chile, y la transformación de nuestro país en una Estado multinacional, pueda ser quizás, una forma de resolver de mejor manera las cuestiones de representatividad, tanto de los pueblos originarios, de la población en general, como la de los extranjeros que buscan crear raíces en suelo chileno. Mientras y por lo menos hasta cuatro años más, veremos la caída de muchas caretas en éste idílico país.

19 de enero de 2018
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